viernes, 6 de mayo de 2011

Las continuidades pasadas

Las continuidades pasadas son esencialmente en silencio. Son las que cuando vienen, decididas, preanuncian la seguridad de no saber venir siempre. Saben de trampas, las más generosas. Traen promesas infinitas para tiempos de traumas finitos. Vienen navegando tormentas. Las tormentas de la finitud de los cuerpos limitados, castigados por sus deudores. Por sus deudas. De los mandatos profundos de esos roedores eternos, inconclusos, nunca aplazados. Expertas de juntar vueltos transformados en sermones. Con anzuelos redondos que remolinan deseos. Dejan marcas, de cenizas negras, del tiempo negro. Irrumpen ciegas, señalan que queman, lo hacen dos veces, e indican refugios. No eligen los consuelos. Porque no son elegibles para su orden. Caminan osadas, disecas por los guiños desesperados, por la fragilidad de tanto olvido, por las señas de caminos nunca trazados pero siempre conocidos en sus muecas. Caminos innecesarios, caminos caros. Imaginan submundos en donde no pueda haber más que imágenes del desamparo. Escenas de encuentros imposibles, de deudas siempre. Maniobran absurdas para armaduras solitarias sin siquiera ecos. Sin algún eco. Sin excusas allí cuando amanezca plagado de sombras. También son desnudos dóciles al microscopio del tiempo. Pasajes que interrumpen placeres ya sordos de andares al viento de otros vientos, de tantas heridas de tantos frenos; absortos de flores, de amantes inconclusas. De amores del tiempo. Las continuidades pasadas dicen ser talones errantes, ardientes en paisajes rojos, pero en estaciones débiles, deliberantes: son heladas y son muertes. Fueron antes calles de viejos gustos, de otros placeres. De tan inmaculados anónimos aprendices, robustos y tímidos millajes de voces fósiles de tantos fósiles, de sabanas enredadas en camas condescendientes…

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