Hay un chivo que está manso en el lateral de la noche. A su lado se sirve la merienda. Hay una noche que reposa sabiendo que ya no trae recompensas. Y se burla. Hay un tren al fondo de la ventana que cuando viene recuerda la espera del día. Hay paredes que miran sabiéndose muros inabarcables. Hay oscuros que no aceptan sospechas. Hay sombras escondidas mientras hay certezas humeantes. Que queman. Hay vueltos en la crueldad del suelo tan pisado. Palomas que pasan, se asoman y siguen. Que pasan para contemplar el sueño, que siguen viniendo. Que ahora me vieron despierto y no se quedaron. Hay abrigos perdidos que se dieron cuenta y se enterraron solos.Y hay la más inabordable de las penas. Ágil, que no se deja maniatar. Hay calor debajo del abrigo enterrado. Hay gritos que no se pueden enhebrar. Hay roedores de los que rascan los talones cuando sangran. Perros muertos que abren un ojo para mirar, te miran y lo vuelven a cerrar. Hay persianas que caen al suelo del cuarto. Hay fantasmas en la sombra de esas sombras escondidas en el té. Hay ventanas que no reflejan trenes. Hay meriendas tristes en la cosecha de amores pasajeros. Hay mañanas de otros que se fueron. Y hay tanta verdad en el silencio sensato del laurel. Hay brotando grietas rabiosas para noches inconclusas. De noches de ríos que no terminan. De caricias caras. Que deciden morir ahogadas cuando reciben el amanecer.
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