jueves, 11 de noviembre de 2010

Creímos

Una mirada. Los que llegamos a sentirnos kirchneristas supímonos parte de los días que la política recobraba su lugar y que nosotros nos hacíamos un lugar en ella para, entusiasmados, defenderla. Porque creíamos. Porque decidimos creer. Y ello, sobre todo después del 2001, era toda una definición ante una izquierda que permanecía incurriendo en días completos de ajenidades. Lugares comunes para una época que empezaba a reclamar posiciones tomadas. Cuando desde el 2003 supimos que la política nos requería, algunos sentimos extrañeza e ilusión. De a poco fuimos perdiendo la primera y sintiendo afinidad por la segunda. Algunos, supongo, que no podían sentir afinidad, no salieron nunca de la extrañeza, del descrédito, de las certezas destructivas y de las críticas incapaces. Hasta los primeros meses del 2003, milité en un partido de izquierda que se autodeterminó lapidar un incipiente pero nada despreciable capital político, sobre todo en tiempo que esos capitales eran un tanto laxos. Electorales. Pero siendo un partido de izquierda que comenzaba a ser un emergente del descrédito generalizado de la política, no podía cometer tal irresponsabilidad. Eso pensaba cuando me fui, desilusionado, a pocos días de intentar entender lo inentendible. Casi me escapé. Ese partido, que como alguna vez se dijo, clandestinizó no solo a sus electores sino además a sus militantes, por no coincidir con la línea extrañamente (en ellos, claro) “verticalista”, se automarginó de la escena de la política cuando decidió lo que decidió sobre dos hechos sustanciales para la vida política argentina. Por un lado, dándole el visto bueno al avance del macrismo en la Ciudad de Buenos Aires, retirándose de las definiciones, quitándole importancia a lo que se ponía en juego una vez situado a un lado del mismo, en una segunda vuelta que, de todos modos, Ibarra logró ganar. Por el otro, y más grave, absteniéndose a votar sobre un hecho que afortunadamente marcaría toda una época: la anulación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Ya para entonces, toda una secuencia de definiciones. Esa izquierda y otras tantas, tuvieron, en el transcurso del tiempo que lidiar con los lugares que ocupaban —y los que compartían— con los enemigos históricos de los intereses de la nación. Enhebraron mil argumentos, pero nunca, a diferencia de muchos de sus militantes, salieron de allí.

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